Tolerancia y Dolor

No necesitamos más, ni una muestra más de intolerancia cabe ya en este viejo y agotado mundo. El terror que se expande ante nuestros ojos ha de servirnos al fin de lección para reaccionar, para de verdad aprender aquel dicho de que la violencia solo genera violencia, sin olvidarnos de lo irracional de la intolerancia que es el núcleo y origen de todo.

En un momento como este sería bueno hacer una reflexión profunda del juego terrible en el que estamos inmersos, de esas pequeñas, medianas y grandes decisiones políticas que se adoptan sin pudor al amparo de la intolerancia y la irracionalidad. Yo diría más, en contra de la propia naturaleza humana, como ahora estamos viendo.

Desde el poder más absoluto, representado por los líderes mundiales, a los sencillos regidores de pequeños consistorios, creemos por alguna razón que nuestras decisiones son independientes y cuentan con el derecho que parece asistir a quien ostenta el poder y decide en cada momento. Pensar algo así es no pensar en el ser humano como ser social, albergar una esperanza de individualismo impune que no existe por irreal, solo justificable por el aturdimiento temporal que cierta dosis de poder mal administrada produce en algunos individuos.

Porque la verdad es que tal y como el aleteo de la mariposa puede provocar un huracán, el mal uso del poder y el derroche público de intolerancia genera violencia. Violencia, que es el fin donde nunca se debe caer, pues la violencia es estéril y solo se procrea en ella misma.

Ahora a muchos en estos duros momentos nos vienen a la memoria imágenes de todopoderosos líderes mundiales declarando guerras incomprensibles y extrañas. Más muerte incomprensible. Nos toca a los ciudadanos redoblar el esfuerzo en exigir una cordura cada vez más imposible, en dar muestras de lo que somos como seres humanos y manifestarnos como una única sociedad, emocionalmente rota y unida por el dolor, pero enérgica y decidida en el más profundo rechazo de este bucle sin fin que nos amenaza en cualquier lugar, de forma injusta y descarnada, pues en el origen de este rizo infernal, fueron otros quienes decidieron por nosotros, un destino que ahora se torna sangriento.

Ejercer la tolerancia desde el dolor se torna difícil, como extender la solidaridad y el calor a un pueblo que pretende ser abatido y expuesto como muestra de un terror que nunca admitiremos, por ajeno, impuesto e irracional, originado en rincones de despachos que nunca visitamos, en conversaciones y pactos que nunca mantuvimos…

Seamos ejemplo de tolerancia con la misma fuerza y energía que manifestamos nuestro rechazo y dolor. La democracia, sigue siendo una utopía que aun hoy se lucha con dolor.

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