Índigo Camargo

 

Índigo Camargo se había hecho hacia arriba, estrecho como su calle, oscuro como el cielo ausente tras los altos edificios, agudo y estirado como el grito de mamá cuando a escondidas visitaba el sombrío rincón de la despensa, ese preciado lugar responsable en su escasez de lo seco de su pellejo, de la mucha piel y más hueso de los Camargo. Ni mayor ni chico, con edad de oír, no de escuchar, de buscar respuestas a cada vuelta de los días que se empeñaban en comenzar y terminar en el mismo sitio, en aquella voz como un martillo de mamá: “Con tu edad yo ya llevaba años buscando el pan fuera de casa”. Pero fuera de casa y dentro eran lo mismo, la nada pertinaz de la escasez, escuetos lugares donde él no entraba, ni palabra ni gesto ni diálogo, para él no había lugar. Sólo los días eran generosos en tiempo largo. Largos tiempos de miseria…

Cansado de bucear por las costuras de la crisis, de dar vueltas al derecho y al revés de las calles, de pasear la rabia y desesperanza de otros, Índigo nadie sabe cómo, decidió hacerse a la mar. La mar inédita hasta entonces entre sus sueños, se le antojó lo suficientemente ajena e inabarcable como para contenerlo todo, incluso a él, esforzándose en que nada, ni un vago recuerdo de Yan, le acompañaran en su aventura, en la búsqueda del pan, como gustaba en llamar su madre. Mamá, tras los escuetos besos y abrazos -medidos los Camargo en todo hasta en eso- dibujaría en su rostro el desconcierto con el que siempre Índigo la recordara, al espetarle: “No es el pan el que busco madre, en realidad me busco a mí”. Demasiado honda y grande aquella revelación para salir de un Camargo, para vagar guardada en uno de los habitantes de aquellas estrechas casas del mísero barrio.

Aquél era un día especial, extraño. Las cruces surgían en monótono orden, disputándose la altura desde la que miraban al cielo plomizo, brillando blancas y marmóreas. La lengua del silencio en la que se rumia la pena y la rabia contenidas, galopaba relinchante entre los rostros de los allí congregados. No pudo más, Yan, su amigo, plantó cara al destino y éste le estrujó el cuerpo hasta extraerle el último aliento, dejándolo después como un pellejo usado, un cuero viejo y ajado a sus 19 años tras los barrotes de una celda. Índigo no contenía la pena, no lloraba, porque la pena como las lágrimas le eran cortas, escasas, como a todos los del barrio, miserables hasta en pena. Aquel día algo se torció en su interior: sin darse cuenta, la presión de aquellas lápidas abriría grietas que ensanchaban el perímetro de su estrecho destino. A la salida del cementerio un gesto delataba al nuevo Índigo: tomó un taxi para volver a casa.

La cubierta de aquel enorme carguero sería el aula improvisada donde Índigo al fin aprendería sus primeras lecciones de la vida. Tumbado al raso pasaba las noches en cubierta y dormía lo poco que sus extasiados ojos le dejaban. Descubrió por primera vez la belleza de un cielo nítido sobre su cabeza, cuajado de estrellas centelleantes que distribuía en caprichoso orden cada día dibujando el aire con sus dedos. Fascinación le causaba el cambio desde el plata a los dorados del brillo de la luna. Esperaba cada noche para contemplar su cambiante tamaño. Y el vasto mar. Rescató del fondo de su memoria la clase de geografía en que le explicaban la forma circular del universo, de los planetas y sus órbitas. Comprendió en aquellos días, que la lluvia era el agua que rebosaba y caía de los planetas al girar sobre la tierra. Entendió al fin que la tierra se estaba quedando seca porque el agua, como en un bucle sin fin, caía desde los océanos al girar sobre otros planetas. Creyó entender el universo bajo la lluvia en las noches en cubierta, como un enorme éxodo sideral del agua buscando un destino. Comenzó a entender cómo los hombres se hacían sabios y hombres. Se sintió avanzar.

Lo que nadie sabía es que Índigo albergaba un sueño en su interior. Nadie en aquella pobre estampa del adiós familiar en el muelle podía sospechar tamaña fe en el interior de tan estrecho ser. Es difícil saber cómo los sueños se forjan, cómo se cuelan hasta el fondo del alma, pero Índigo soñaba cada día más. Se juntaban las letras como en un neón en su cabeza y se podía ver sus finos labios estrenando diferentes sonrisas:  -“Baltimore” Al menos una vez al día tenía que oír aquella inmensa palabra. Sonreía en sueños soñándose en un lugar sin imagen que él poco a poco dibujaba. La línea Legrand hacía la ruta transoceánica hasta Norteamérica. Una determinación extraña se apoderaría de él los días que siguieron a la muerte de Yan. Estudió las rutas, merodeando día y noche por el puerto hasta asegurarse la elección correcta. Tras 60 días de navegación, el Cornwall atracaría en el puerto de Baltimore. Un alarde de tesón y ancha voluntad consiguió convencer al Capitán del Cornwall escéptico de las habilidades de tal montaña de huesos. Superado el día 53 de navegación, la luna como un sol le iluminó la línea de la costa en el horizonte. Su sueño tomaba forma fuera de sí, un destino robado a la miseria le esperaba tras aquellas costas. Y aún escondido, más al fondo, se guardaba un ritual que Índigo custodiaba preciado a lo largo del globo hasta su destino final…Baltimore.

Al principio a Índigo le pareció que el taxista le estaba desviando por un mareo de callejuelas desconocidas, dando rodeos antes de llevarle a su destino. El taxista parecía desconocer la calle de su domicilio -pocos taxis llegan allí, pensó-  pero pronto el afable y locuaz conductor, a medio camino entre un padre bonachón y un arriesgado aventurero, le sumergió de lleno en la que era la historia de su vida. Mientras surcaba las callejas previas a su casa, el taxista a la sazón marino mercante en sus años de juventud, le describiría la dura vida de un marinero y el despertar de los sentidos en los exóticos rincones del globo. Le habló del mar, del sol, de la luna. Le habló de las tardes sosegadas.

– “En Norteamérica todo lo que acontece durante la puesta de sol es solemne. Pero nada comparable a Baltimore. La puesta de sol en Baltimore es metálica. Todo hombre que aspira a serlo, ha de saber sentir el metálico sol de Baltimore cayendo sobre sí, sin miedo al día que se esconde, a la noche que vendrá…”.

Allí estaba Índigo, a la dorada hora de la puesta de sol, dispuesto a superar el ritual que le situaba en el umbral de la sabiduría, que le permitiría sobreponerse sobre su destino…en Baltimore, donde su rastro se pierde tras el muro metálico de un inmenso sol.

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