Cuestión de disciplina

Magalí siempre tuvo ese timbre de voz que te hacía pensar en gallos en su garganta cuando la oías, consiguiendo que sus palabras revolotearan como plumas alrededor de tu cabeza sin ingresar en ésta, sólo impregnándote con su dulzura latina. Su presencia siempre era para mí turbadora. La raza intensa, en olor, color y formas, la definía sobre todas las mujeres de la casa y me sugería la atracción irresistible de lo desconocido, hasta de lo prohibido dada su edad. Aquella mañana todo un corral de gallos, como un ejército chillón, brotaban de su garganta haciendo ininteligibles sus palabras entre tanto cacareo…su voz partía en dos el espejo nítido de su imagen.

Nunca fui santo de su devoción. De entre todos los nietos, mi hermano y yo siempre nos supimos diferentes, distantes del afecto que el abuelo exhibía hacia mis primas más pequeñas y que, en nosotros, se volvía una correcta distancia. La expresión de su mirada se tornaba fría cuando su vista se paraba en nosotros dos, daba igual que acabara de hacer carantoñas a Aynara, la más pequeña de mis primas, en cuanto nos veía su mirada se volvía dura, extraña. Quizás fue el reto que suponía la exigente mirada de mi abuelo, pero lo cierto es que los años no hicieron más que aumentar la rebeldía en mi carácter.

Todos los veranos la gran casa servía de escenario para la reunión anual de la familia. Rodeada de frondosos jardines, la villa exhibía los restos de un pasado grandioso que ahora se asomaba a través de desconchados en la fachada. El extenso jardín detenía el tiempo y respiraba la calma en el orden geométrico de sus cuidados árboles y plantas. Pero nada era cierto en esta visión, los setos delante del muro trasero de la gran casa eran el escondite perfecto para desaparecer de la vista. Los juegos, las carreras, los gritos desde aquél lugar escapaban del oído del abuelo…y de su cinturón, el que no tardaba en aflojar y extender amenazante sobre nuestras espaldas a la carrera cada vez que el orden, su orden, era violentado por nuestra “ausencia total de disciplina”.

Disciplina, esa era la cuestión. Mi madre no fue disciplinada cuando se casó con mi padre sin tener en cuenta la opinión contraria del abuelo. El tiempo, sin embargo, le brindaba la ocasión de redimirse haciendo de mí un aspirante a militar de carrera. Las manos de Magalí dibujaban círculos invisibles, aleteando como bellas palomas en torno al abuelo: la taza de café, el azúcar, la manta sobre las piernas…Desde un ángulo del jardín observaba a menudo el paseo que Magalí daba a la silla de ruedas que ocupaba el abuelo, imaginaba cómo sería su olor, el tacto de aquellas manos pequeñas, doradas.

Aunque mayor, el abuelo aún exhibía restos de su pasado como general a las órdenes del generalísimo. Dicen que a él se debió la victoria en varias ciudades de Andalucía. Había oído que con su fusil derribó una avioneta insertándole un tiro en la frente al piloto. Era respetado y temido, y yo sentía correr en mí ese miedo cuando su mirada desafiante se cruzaba con la mía. El enigma en torno a la leyenda del abuelo había alimentado mis primeras fantasías de niño. Fueron muchas noches las que me dormí imaginando épicas escenas en las que siempre salía victorioso. El misterio era alimentado por las excusas que continuamente ponía mamá para no hablar de él. Ni batallas antes de dormir ni durante el día, el silencio era siempre la respuesta a mis súplicas. Durante mucho tiempo quise ser guerrero como él, aunque luego en su presencia el frío recorría mi espalda bajo su mirada alta como una torre y dura como la piedra que arañaba mis rodillas libres bajo el pantalón corto al huir a la carrera y caer.

Como si de un pregón se tratara, el chillerío persistente de Magalí atrajo la atención no sólo de los que allí estábamos, paralizados mientras el jardín se iba llenando de curiosos venidos de las casas vecinas. Pude contemplar el rosa brillando bajo el sol en el vestido de Rosita, entre las flores del jardín. Quedé pegado al cristal de la ventana y, por un momento, olvidé la histeria que retumbaba en mis oídos, intentando sentir la caricia de los pliegues de su falda rosa flotando en el aire, murmurando en su suave crujir en mis oídos, haciendo dulces cosquillas en mi nariz. Rosa, Rosita, rosada, sonrosada, dorada, leve, dulce,piel…

El armario de la habitación de mamá siempre había ejercido una atracción irresistible sobre nosotros. El mueble en sí era feo, tosco, alto y oscuro, muy antiguo, pero el hecho de que quedara cerrado con llave y que esa llave siempre colgara del cuello de mamá dotaba a este lugar de la casa de propiedades magnéticas. Cuando mamá nos dejaba solos en casa corríamos a la habitación intentando forzar la gran caja fuerte en que, en nuestros juegos, el armario se había convertido. Saltábamos sobre la cama intentando alcanzar el penacho que lo adornaba imaginando algún cofre, algo fantástico escondido tras él. El ruido de la cerradura de la puerta de casa ponía fin a nuestras expediciones que alguna vez terminaron haciendo mutis bajo el colchón.

Todavía había noches en que me dormía soñándome en alguna batalla de las que me contaba el abuelo cuando era pequeño. El tiempo había pasado y la brecha entre su intransigencia y mi rebeldía parecía irreductible. Siempre, incluso de pequeño, me había quedado mudo ante él. Alguna vez le quise preguntar por papá, que también fue guerrero como él, y al que no recordaba en absoluto. Cada día me arrepentía de no haberlo hecho, pues mamá nunca quiso hablar de las guerras ni de papá y en mi memoria sentía cada vez más fuerte la ausencia del recuerdo de mi padre, como una presión creciente…tanto como mi irreverencia ante el exceso de obligaciones que imponía el abuelo. Primero el colegio de curas y sólo de chicos. Luego protesté ante su decisión de que estudiara el bachiller en los salesianos y ahora me esperaba un futuro en la academia militar.

– La disciplina forja a fuego el corazón de los hombres machos y valientes – Decía soltando un puñetazo en la mesa cuando mamá le hablaba de mi afición a la música.

– Crías a una pandilla de débiles – Y mamá callaba en tanto mi furia comenzaba a teñirse de odio hacia él.

Casualidad. Llevaba días con esa palabra en la cabeza. Quizás lo fue que mamá se encontrara con papá. Lo había visto en las fotos. Todos aquellos chicos bien peinados, con sus trajes idénticos, grises por el blanco y negro de las fotos, rodeando a mamá el día de su puesta de largo del brazo de aquella torre humana de uniforme cruzado por una banda que era el abuelo. Podría ser que no, podría ser que el abuelo provocara idéntica rebeldía en mi que en mamá. Rebeldía, rabia, amasadas tras años de exposición a su férrea disciplina. Podría ser la disciplina la culpable entonces de todo. Pero quizás la casualidad hizo de las suyas y dejó libre del cuello de mamá la llave de aquel armario, mi preciado infantil cofre del tesoro. Pronto la emoción me hizo ver que nada había cambiado, que aquel giro de la llave en su perfecto hueco me llevaría al mundo de fantasías que tejí en mi niñez. Y allí estaban todas. Tras tantos años de esperarme se apresuraron en mostrarme todos sus tesoros. Allí colgaban los trajes de papá, sus sombreros, su uniforme, una bandera con la leyenda: “I República” y cajas abriéndose a mi memoria, extrayendo imágenes para poblar mi mente de recuerdos ausentes. Papá y mamá el día de su boda, ambos vestidos de oscuro. Papá con fusil y pañuelo al cuello. Papá tocando el piano. Un libro de poemas de papá dedicado a mamá. Un certificado de reo con el nombre de papá. Cartas con remite de papá desde el penal dirigidas a mamá…

Los interrogantes dirigieron mis pies por mí raudos de rabia hacia la casa del abuelo. Al fin comenzaba a tejer las líneas de mi vida. Desde mi padre hacía mí una recta torcida por la vasta sombra de mi abuelo. Mi padre y mi abuelo en una misma guerra, enfrentados tal vez por algo más. La línea de la vida de mi padre perdida hasta ese día en un armario. Sentía la sangre galopando en mis sienes, el corazón tronando palabras dispuestas a estallar en la cara de mi abuelo como proyectiles.Casualidad pudo ser que Rosita estuviera aquel día allí. Que corriera tras Magalí ingresando en la sala desde el jardín. Que su cuerpo rosado y florido como en tumulto rodeara mi cuello en sus brazos y mis lágrimas rodaran lentas y pesadas por la seda de su cuello. Pudo ser casualidad que el abuelo sólo un instante después de llegar yo, falleciera en el jardín. Sin embargo, mi sonrisa aliviada escondida en el hombro de Rosita no era casualidad, era ausencia de dolor, indiferencia ante lo que allí ocurría. Mi lágrima interesada sólo buscaba el cuerpo de Rosita.

– Los hombres no sienten dolor, no lloran – que diría el abuelo.

Quizás -pensaría con el tiempo- la disciplina en mí era mayor que la rebeldía que siempre trató de alejarme del abuelo.

Quizás toda mi rebeldía sólo había conseguido aumentar la disciplina en mí.

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